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BIBLIOTECA ALERTANET / ALERTANET LIBRARY

Autor / Author

CLAVERO, Bartolomé

clavero@us.es

 

Título / Title

  Genocidio y Justicia. 
La Destrucción de Las Indias, Ayer y Hoy

Ciudad, fecha / City and date

Madrid, 2002

Editorial

  Marcial Pons Ediciones

Tipo de publicación/ Publication

 

Libro / Book ( 173 pp.)

ISBN

85-95379-46-5. 

Temas relacionados / Topics

-Genocidio, pueblos  indígenas,  derecho indígena, Estados constitucionales, Federalismo y multiculturalismo

-Genocide, indigenous peoples, indigenous law, State, federalism, multiculturalism

Info

Se incluye/ Attachment:

Indice, Solapa, contraportada, Salutación, Cap. I (abajo) / Index, Chapter I  (above)

Nota/ Warning

Libro y documento enviados por su autor para su difusión por www.Alertanet.org. Los derechos de autor pertenecen al mismo. Para cualquier forma de reproducción comunicarse con el autor: clavero@us.es  

Citas/ For quotations: http://alertanet.org/b-clavero2.htm (Octubre 2003)

Edición de página web: www.Alertanet.org Info webmaster editora@alertanet.org  

 INDICE

I. Destruycion de las Indias: ¿Caso de justicia?

I.1. Tópico europeo

I.2. Caso indígena americano

II. Indígena en la metrópolis: “Cruel guerra no sentida”

II.1. ¿Derecho americano indígena en Europa?

II.2. ¿Voz indígena y testimonios judiciales sobre la Destruycion?

III. El Mayab desterrado: reproducción de la historia

III.1. El derecho dislocado: autoanálisis de la antropología

III.2. Ídolos pretéritos como signos actuales: derechos humanos y orden colonial

                                        
IV. La Destrucción de Las Indias hoy

IV.1. ¿Cuestión de historia y caso al tiempo de justicia?

IV.2. Carga de pasado y secuela de presente: el genocidio eclipsado en suma

Anexos: Minorías y Pueblos, Estados y Culturas

 I.    Doble minoría: Adopciones internacionales y culturas indígenas

II.  Tratados entre Pueblos o Constituciones por Estados: Un dilema para América

III. Estados constitucionales y pueblos indígenas: Federalismo y multiculturalismo   ________________________________________________________________

Solapa: 

Bartolomé Clavero es profesor de historia del derecho en la Universidad de Sevilla. Cuenta con una vasta experiencia de investigación y enseñanza en el campo de la comparación cultural entre tradiciones normativas y estructuras institucionales. Entre sus libros figuran Derecho Indígena y Cultura Constitucional en América (1994), Happy Constitution: Cultura y Lengua Constitucionales (1997), y Ama Llunku, Abya Yala: Constituyencia Indígena y Código Ladino por América (2000).

Contraportada:  

La Destrucción de Las Indias es un breviario escrito dos veces entre tiempos distantes, a mediados del siglo XVI y en las postrimerías del XX. Originales gemelos testifican hechos distintos: la reincidencia del genocidio contra indígenas en América.

El objeto de este libro, Genocidio y Justicia, no es la repetición imposible del hecho, sino la deserción persistente del derecho. ¿Cómo puede multiplicarse tamaño delito a la largo del tiempo cual si fuera un fenómeno natural no susceptible, ni ayer ni hoy, de convicción judicial y reparación humana?

Entre pasado y presente, una gran diferencia se da: la primera Destrucción de Las Indias defrauda justicia y además roba voz; la segunda comienza por no incurrir ni en el despojo de la palabra ni en la sustracción del derecho de las víctimas. Con esta base, aquí se acomete una reflexión que alcanza a la actualidad desde la historia.

Salutación, benevolencia y descargo

A veces, los asuntos enormes puede que agradezcan libros menudos. Confío y espero. Tanto se ha dicho y escrito, se dice y escribe, sobre la lucha por la justicia y sobre la paz por el genocidio en América que produce apuro la sola idea de poder secundar el barullo, prodigar el derroche y propagar el enredo. Tales son el prodigio de una pretensión inverosímil, la de justicia, y el espanto de una sospecha insoportable, la de genocidio; tal es la incógnita de una intimidad inquietante, la de justicia genocida ella misma, que embarga la vergüenza de presentarse y atreverse con todo esto, no sólo con el prodigio en Europa y el espanto en América, sino también y principalmente con la incógnita estrechando vínculos.

Mayor resulta el aprieto y más se resiente la desazón si además el abordaje se acomete del modo más convencido por el solo medio del ejercicio individual de la palabra inerme en el seno de una academia que puede resultar todo menos neutra, aunque su ilusión suela ser otra. Neutral no es su ciencia ni tampoco desde luego su ignorancia con independencia, por supuesto, de sus propias intenciones. Por mi parte, sé que actúo en posición de parcialidad imputable, dada la gravedad velada de la historia recurrente, y tal vez incluso culpable, dado el silencio clamoroso de la sordera deliberada. Salvo términos sueltos y experiencias contadas, soy ignorante en lenguas vivas y culturas vitales de matriz no europea. ¿Cómo puedo saltar sobre mi propia sombra? ¿Cómo podríamos, lectores y lectoras?

Vayan por delante mis disculpas más sinceras. Sé también que las ofrezco, como viene a ocurrir con todo prólogo, sólo ahora que no hay remedio para el libro, tras darlo por concluido, cuando estos supuestos prolegómenos se escriben realmente. Espero sin embargo que su lectura, en cuanto concierne a la escritura, sea para ganarse al menos entre congéneres responsables una confianza que no resulte complicidad y pueda hacer gratuito mi descargo sin mediar en absoluto hipocresía. Sabrán disculparse también entonces algunas reiteraciones y bastantes lagunas. O podrán tomarse incluso como insistencia adecuada e ignorancia comprensible respectivamente. Sobrarán quizás al fin, al menos entre afines, unas disculpas debidas de entrada. Los saludos en cambio nunca huelgan ni de presentación ni de despedida.

Lectora o lector, afín o distante, permite que ponga en tus manos una atribulada escritura sobre una cruenta historia y un ensangrentado presente, así como una preocupada reflexión sobre un preocupante derecho y una despreocupada justicia, sobre una preocupantísima cultura de la despreocupación institucionalizada en suma, dicho sea, por supuesto, sin cargar las tintas ni jugar con las palabras. Vengo de duelo y voy en serio. Confío en no herir vanamente sensibilidades ni siquiera, salvo penalidad debida, de verdugos, cuánto menos entre víctimas, pues se trata de historia y de justicia, no de literatura ni de dramaturgia. Esta es una obra de historia de derecho y también de derecho por historia, por su causa primordialmente. Al fin y al cabo, la historiografía es otra forma, la única a veces, de enjuiciamiento. Lo es siempre aunque casi nunca se admita. Así plantea todo un reto a la justicia misma sin que pueda, en caso de discordia, prejuzgarse en sentido alguno. De esto precisamente me ocupo. Es lo que afronta el libro con relación a injusticia todavía presente acerca de genocidio no sólo pretérito.

La obra se compone de dos partes sin otras razones, conforme iré dando cuenta, que las más aparentes y nada recónditas del proceso de escritura y la oferta de lectura. La primera parte se concentra en el motivo del genocidio americano ayer y hoy tomando pie en una referencia casi obligada, en una obra precisamente menuda para la enormidad del asunto, la Breuissima relacion de la destruycion de las Indias colegida por el Obispo don fray Bartholome de las Casas o Casaus. Inopinadamente o quizás no tanto, como se podrá ver, va a lanzarnos a la actualidad sin acechanza onerosa además de la pesada hipoteca que arrastra. Ya en nuestros tiempos, mas sin olvidar la historia, la segunda parte, la formada por anexos según la economía del índice, ofrece cala en las bases y escrutinio en las condiciones de una justicia ella misma tal vez genocida incluso hoy, en una edad que se dice justamente de derechos humanos.

Con la Destruycion de Las Casas ocurre como con la carta del relato de corte detectivesco, la que no se ve porque está a la vista, porque lo ha estado en realidad desde que existe. Cuanto más se ojea, menos se observa. El problema reside entonces en el órgano y la función, no en el objeto o la naturaleza. Recuperemos la ingenuidad de la mirada. Avistemos y recapacitemos. Reconozcamos la evidencia y pasemos a la reflexión. Reparemos en los cuerpos que arrojan sombras. Por empeñarnos en pegar el salto imposible sobre la propia, no vayamos a extraviarnos entre ellas, entre nuestras quimeras y fantasmas al cabo.

Ubiquémonos y procedamos. No es hoy quizás tan necesaria la indagación sobre el hecho del genocidio como sobre el derecho que evade, sobre un orden que ciega. He ahí, y no en los datos nada escondidos, el problema. ¿Cómo ha escapado y escapa a justicia el genocidio en América? Con el genocidio y de sus agentes no se hacen, sino que se exigen cuentas. Han de rendirse. ¿Qué sentido encierra la discusión sobre hechos con quienes, por la costumbre de cerrar los ojos en la que se han acomodado, pretenden que el prójimo también se ciegue? No digo de la humanidad distante pues llanamente se le desconoce. Llega a abstraérsele tal y como si no existiera. Por ahí puede que ande una clave. He aquí, lector o lectora, nuestra cuestión. Trato el binomio apremiante de genocidio y justicia, no las piezas por separado, lo que viene difiriendo la posibilidad misma de rendición de responsabilidades.

Todo el material que sigue es inédito en castellano por impreso. Los dos primeros anexos, Doble minoría y Un dilema para América, se anticipan por internet; vertido al inglés, A predicament for America, el segundo además se publicará en la revista Law and Anthropology; el tercero, Federalismo y multiculturalismo, aparecerá en las actas de un encuentro, el vasco que diré. De la primera parte, quiero decir del grueso, se publicará el resumen de un fragmento en un volumen de conferencias hispalenses, donde me surgió, frente a lo visto y oído, la idea de tomar pie en la Destruycion para saltar más lejos por supuesto. De otros encuentros y debates con los que estoy en deuda y por los que guardo agradecimiento, iré diciendo. En fin, gracias por la atención y buen provecho dentro de lo que cabe. Salud y libertad, hermanas y hermanos, todos y todas.

Destruycion de las Indias: ¿Caso de justicia?  

I.1. Tópico europeo

En el año 1552 de una era europea y en la ciudad de Sevilla, se imprime la Breuissima relacion de la destruycion de las Indias: colegida por el Obispo don fray Bartholome de las Casas o Casaus de la orden de Sancto Domingo, un breve tratado en efecto entre otros del mismo autor, el afamado fraile dominico y obispo católico de Chiapas. La colección, con la relación, versa sobre la problemática justicia y patentes iniquidades de la conquista de América con el empuje decidido y bajo la autoridad investida de una de entre las monarquías de la Europa de entonces. Era ésta la que se titulaba católica igualmente por confesión religiosa más que por proyecto imperial de otra índole. Tenía base en España y corte en Castilla, en Valladolid entonces por más señas. De su autoridad en América le investía una de entre las iglesias de aquella Europa, la católica ya obviamente, de sede en Roma. Católico como apelativo implicaba por sí mismo vocación de universalidad o proyección así expansiva[1].

Al “Muy Alto y Muy Poderoso Señor el Príncipe de las Españas Don Felipe Nuestro Señor”, el joven Felipe II, se dirigía respetuosamente el impreso. No era éste propiamente una publicación, para lo que ni siquiera cumplía los requisitos de censura y licencia entonces preceptivos. No tenía por destino un público indiferenciado, sino una opinión orgánica. Tampoco es así que fuera una edición privada. No se trataba de epístolas directas al príncipe, el referido Felipe. Bartolomé de Las Casas imprimía para influir en la conciencia de los consejeros de la monarquía, del Consejo de Indias institucionalmente ante todo, y para conformar por esta vía las determinaciones normativas[2]. El fraile dominico y obispo católico de Chiapas pretendía un cambio de fondo en el modelo del establecimiento europeo en América, un giro pronunciado bajo la autoridad siempre de la monarquía católica, la española, bien que investida por una iglesia o más concretamente por su pontificado, el romano. Abogaba por que se confiase en manos de órdenes religiosas, como la propia dominica, con abandono y represión de intereses y pretensiones de invasores y conquistadores. La iniquidad misma de la conquista se entendía que de este modo vendría a ser sucedida por la justicia, religión mediante en su doble sentido entonces, por confesión y por orden. A tal cuestión de justicia ahora por mi parte, de momento con tales compañías, me dirijo[3].

La Breuissima es un texto de suerte como tal un tanto singular que ha tendido a olvidarse. Todo parece indicar que no se le dio ni logró mucha difusión ni siquiera por el espacio bien restringido al que el autor se dirigía. Durante un par largo de décadas, las alusiones a la misma como texto escrito e impreso son mínimas. No diré que pasaba sin pena ni gloria pues se ignora si había alguna razón para este silencio de años sobre la Breuissima aparte de que no se destinara a la publicidad. La prohibición expresa, que no faltará en el ámbito de la monarquía católica, será posterior, tras la eclosión de versiones que ahora veremos. De entrada, es como si no existiera, como si no se hubiera editado.

No suele luego recordarse tal comienzo poco glorioso de una espectacular carrera editorial porque tienden a proyectarse acontecimientos ulteriores. Comprobaremos que la fama puede generar fácilmente espejismos retrospectivos. Aunque quizás, para sus mismos propósitos, el silencio no fuera tan frustrante. Como igualmente constataremos, tampoco la estampación de una escritura tenía por qué revestir entonces la relevancia que tiende luego a figurarse. El caso es que, por su labor de cabildeo, mediante un uso de la palabra que podía ser más importante por aquel tiempo que el del escrito, las posiciones de Las Casas eran bastante conocidas e influyentes entre los consejeros y los monarcas mismos, tanto Carlos I como Felipe II, sin necesidad de unos impresos que podrían desbordar los estrechos recintos de formación de conciencias para producción de normas como determinación regia. De momento no parece que unos escritos se descontrolaran. Llegarán a hacerlo con la fuerza más desbordante por contextos muy distintos a los previstos en un origen.

No hay reediciones ni traducciones inmediatas, pero éstas comenzarán a sucederse transcurrido un cuarto de siglo. Serán holandesas o flamencas, francesas, italianas, inglesas, alemanas, latinas... Ahora viene la eclosión. Véase una secuencia selectiva de títulos, aparte los más literales, vertiendo la Breuissima o algún otro de los breves tratados de 1552: Spieghel der Spaenscher Tirannije, Tyrannies et Cruautez des Espagnols, Il supplice schiavo indiano, Le Miroir de la Tyrannie perpétré par les Espagnols, The Tears of the Indians (being an Historical and True Account of the Cruel Massacres and Slaughters of above Twenty Millions of Innocent People, commited by Spaniards), Popery Truly Display’d in its Bloody Colours, La libertà pretesa dal supplice schiavo indiano, Warhafftiger und gründtlicher Bericht der Hispanier grewlichen und abschewlichen Tyrannye, Popery and Slavery Display’d (containing the Character of Popery, and a Relation of Popish Cruelties), etcétera[4]. Una segunda edición del original castellano de la Breuissima es catalana al cabo del siglo, de 1646, viniendo las siguientes en esta lengua sólo en el XIX, ahora también en América, a partir de 1812. De 1821 y de Puebla de los Ángeles, México, es El indio esclavo que, entre tantas infidelidades de títulos y forzamientos de rúbricas, ha podido pasar, sin serlo, por otra edición de la Breuissima[5].

No es que se sepa mucho sobre versiones, concordancias, distorsiones, copias, tiradas, enajenaciones, circuitos, lecturas, transmisiones, préstamos, contaminaciones, refundiciones, censuras, expurgos, restituciones o, en suma y sigue, presencias diversificadas y múltiples de esa pléyade de textos, pero la resonancia ya es creciente y el eco clamoroso. Todo un lascasismo, en pro o a la contra, imparable desde entonces, no ha sido todavía para estudiar sin pasión y con paciencia ni siquiera una historia textual. Hoy se afronta la llamada leyenda negra, esto es, la lectura y propaganda anticatólica en sentido tanto político respecto a la monarquía española como religioso frente a la iglesia romana, como si su base material de probables evidencias no fuese clave. No se identifica la contrapartida de una leyenda blanca, como si no se diera lo propio de lado católico por dicha partida doble. Y la misma calificación más acuñada de negra cetrina responde a la perspectiva de esta parte. Pero no vamos a entrar en todo este maremágnum de historiografía[6]. Ya lo tenemos suficiente de historia más primaria. Nos basta de momento esa secuencia impresionista de títulos. Ya vendrá el momento de otras ubicaciones. Advierto que llamo historiografía a la figuración y reconstrucción, escenificación y narrativa, no sólo de quienes se ocupan de estos menesteres como profesionales, sino también de cuantos y cuantas participan de mentalidades proyectadas sobre el pasado, así como reservo el nombre de historia al pasado mismo.

Volviendo a la secuencia de títulos, si se siguen geografía y cronología, podrá advertirse que no hay caso que responda al modelo abrigado por Las Casas de establecimiento católico mediante órdenes religiosas bajo cobertura entre española y romana en América. Todas ellas, las ediciones, se sitúan en el escenario de las luchas europeas por la reforma protestante y el dominio territorial en la misma Europa y en su ultramar. La segunda edición de la Breuissima en castellano, la catalana de 1646, se ubica en un contexto de guerra entre Cataluña y la monarquía católica. Lo propio ocurre en su respectivo espacio con las ediciones de geografía italiana. Las primeras americanas se comprenden en el proceso igualmente beligerante de la independencia. Las españolas de principios del XIX responden a la defensa de tiempos nuevos descalificando unos pasados. Entre leyendas entonces negra encapotada y luego más bien blanca satisfecha sobre la presencia hispana en América, con todo tipo de oscilaciones entre ellas y con fases la segunda de aguda virulencia antilascasiana[7], la Breuissima puede considerarse que quedó inédita para sus propios propósitos y fines. El rigor, no puede decirse que se publicara en el año 1552 de la era católica.

Fue impresa, pero no publicada en origen ni propiamente reeditada luego. Ante las versiones infieles es cuando se produjo la prohibición en el ámbito de la monarquía católica[8]. Nunca tuvo fuerza para cancelar la memoria. Reverdecerá incluso. Reedición de la Brevísima, como comprobaremos, podrá haber de alguna suerte en nuestros tiempos, pero ya no será ni podrá ser exactamente, aun repitiéndose, la misma, la Breuissima. Ya veremos. Tendremos ocasión de comprobar que no resulta nada fácil reeditar textos cuando es la misma historia la que reproduce referencias, acontecimientos en el caso del alcance, envergadura y gravedad de la Destruycion de las Indias precisamente. Porque el medio haga el mensaje, la forma no vence a la materia[9].

I.2. Caso indígena americano

La cuestión de la Breuissima resultaba de justicia, de la justicia primero de la forma de hacerse presente y luego de la presencia misma en América de una monarquía y una iglesia católicas. La Breuissima relacion de la destruycion de las Indias y todas sus hijuelas no constituían tanto historia ni crónica como alegato y requisitoria. El mismo Las Casas expone penosamente todo un rosario de iniquidades cual alegación en justicia para una resolución por la monarquía que las detenga e impida, para todo un replanteamiento de la propia presencia. A esto viene su misma dirección, como juez máximo al propósito, no a otro que al príncipe Felipe, todavía no monarca, pero ya gobernante de esta parte del imperio católico. En el preciso punto de justicia, las hijuelas de la Breuissima, con toda su infidelidad de título y distorsión de contexto, agregan algo que será clave.

Transmutándose la posición respecto a la monarquía católica, viniéndose al enfrentamiento, ponen en cuestión no sólo la forma de su establecimiento en América, sino la misma justicia de su presencia. El modo acusaría el fondo; las iniquidades de la conquista, las sinrazones de la empresa. Si puede decirse que el tronco de la Breuissima había abierto un proceso, sus ramificaciones amplifican la querella. El caso judicial se magnifica al tamaño natural de las alegaciones. Se acerca ya a la medida del delito enorme que se entiende entonces, no en la comisión de genocidio, sino en la falta de título del ejercicio de poder correspondiente de impartir una justicia que administraba muerte con la guerra entre los procedimientos previstos, inclusive en último término el de exterminio. El delito era la suplantación de potestad suprema que comenzaba a decirse soberanía[10]. El asunto se dirimía entre potencias europeas que se reconocían en tal posición superior entre sí. A la humanidad americana no se le concedía arte ni parte en el pleito. Llegará el momento de hablar de genocidio. Prosigamos con la destruycion.

Frente al entredicho aún sumiso del original castellano y la impugnación ya franca y frontal de sus ediciones y versiones europeas, la monarquía católica notoriamente tenía e interponía un título religioso por determinación pontificia para apostolado en América, lo cual, no contando ni siquiera con el respaldo inequívoco de sus propios consejeros a los efectos determinados de dominio político, no encerraría definitivamente valor alguno para quienes no comulgaran con catolicismos ya fuera en la vertiente religiosa, ya en la monárquica, bien en ninguna de ambas. Otros títulos, como el de la comunicación y sociabilidad humanas de amor y comercio, de familia y comunidad, de religión y política, eran más difícilmente defendibles a los efectos concretos de la exclusiva pretendida en Indias por la monarquía católica de base hispana, junto con Portugal[11]. No excluían suficientemente, sino más bien lo contrario, a otros poderes cristianos. El amor o, en tal mismo sentido, la caridad era cosa que comenzaba por comunicarse entre correligionarios[12]. Para esta monarquía, la investidura con tal alcance excluyente provenía de entrada de una autoridad no sólo eclesiástica, sino, para el caso de lo que se tenía por descubrimiento, también feudal, como era entonces la del pontificado romano. El título pontificio hubo de sostenerse, pues no lo había equivalente de entrada, por encima de las dudas que suscitaba a los efectos políticos incluso en campo estrictamente católico[13].

El punto que se marea y veja entre cristianos viene indefectiblemente al terreno de la Breuissima con la muestra de una conducta rechazable, la que ahí se narra, cual prueba de la inexistencia de un título de recibo, el de la sola monarquía católica en América. Para la dilucidación del caso, pese a Las Casas, el monarca católico resultaba entonces que no podría o no debería ser juez y parte, un juez en causa propia y encima, en último término, por acto propio además delictivo enormemente. La cuestión de justicia habría de dirigirse hacia un foro distinto, no otro que el de una opinión más pública y más europea, en estos términos bastante relativos, de lo que Las Casas se hubiera podido figurar. La obra del fraile se encuentra definitivamente desbordada en sus propósitos y fines, los de un imperio más religioso que político al tiempo que más español que romano, cruzándose legitimidades en beneficio de las órdenes religiosas[14], pero aquí no me ocupo exactamente de su suerte crecida y su legado fallido, para lo que me han bastado referencias de ediciones y versiones, sino de dicho asunto del título de justicia para la asunción y ejercicio de jurisdicción para América por parte de la monarquía española de título católico. No son juegos de palabras. Son dos cosas en concreto distintas, con la primera como principal a los efectos del derecho mismo a la justicia misma, la cuestión de su título por una parte y la de su práctica por otra desde luego, quién lo duda, conexa.

¿Con qué derecho dicha monarquía europea sentaba su jurisdicción en las llamadas Indias comenzando por entender, mediante consejo teológico y jurídico, sobre la propia procedencia de su título de justicia? No era cuestión de conciencia personal, sino de determinación institucional de la monarquía católica[15]. ¿Qué ocurría si no se aceptaba en el entorno como decisión justa y debida por teología y derecho entre cristianos? Irrumpiendo los protestantismos, ya no cabía apelación, como todavía al inicio de la conquista, al pontificado romano. Y no había entonces otra jurisdicción con pretensión que hoy diríamos internacional, incluso respecto, según las pretensiones pontificias de entonces, a los no cristianos. Pero tampoco el asunto se entendía abocado al enfrentamiento en bruto entre correligionarios discordes y encontrados entre sí. Se motivaba y argumentaba. Otras monarquías y repúblicas europeas también reivindicaban un derecho al menos equivalente a la presencia en América con recursos a mano como el de la Breuissima. Con todo ello no se dirimía defensa alguna de derechos ningunos de la humanidad indígena americana.

Insisto en este extremo. El campo de juego de la obra de Las Casas siempre fue, desde sus raices y con todas sus ramificaciones, otro, el del justo establecimiento europeo en América sin consideración para ello de derecho propio alguno ni determinación propia ninguna de la humanidad allí existente. Ni siquiera su uso por la independencia y constitución de estados americanos, desde 1812 la Brevísima relación o desde 1821 el Esclavo indiano, representa una excepción a la regla. Sigue siendo empresa de matriz europea contra humanidad indígena, suplantándola. Valga la reiteración de lo que usualmente se olvida. La Breuissima, por cuanto ahora nos interesa, fue una pieza de dicho pleito, el europeo, en dicho caso, el americano, si entendemos por tal, entre este juego de palabras consagradas que resultan con su impropiedad exclusiones disfrazadas, indígena, el sujeto humano que no suele comparecer salvo pasivamente respecto a su propio litigio. Para los europeos, para aquellos cristianos, se trataba, cara a América, de justicia entre ellos mismos, entre hispanos y británicos por ejemplo, por encima y a expensas de todo un resto, el de toda la humanidad allí existente.

¿Era la Breuissima una pieza de evidencia suficiente como para dilucidarse y dirimirse tamaño caso? Ni lo fue ni parece que pudiera serlo por una razón muy simple a los efectos de prueba ante el tribunal de una opinión letrada más pública que la de un órgano judicial: su alegación de iniquidades resultaba sustancialmente inverificable. Dudas al menos sobre el carácter irrefutable de la terrible requisitoria ya puede que las abrigara el propio Las Casas, tal vez él, quizás el impresor de la Breussima o también pudiera ser que ambos en sintonía de incertidumbre como de convicción[16]. Con todo el largo proceso ulterior de controversia y exploración primero entre opinión y luego con indagación acerca de la fiabilidad del alegato lascasiano, parece que no hay forma de llegarse a un veredicto general y definitivo. Tal episodio puede ser comprobado, tal otro matizado, alguno también cuestionado, pero más difícil resulta un pronunciamiento concluyente sobre el conjunto de esta pieza de cargo[17].

Las Casas era testigo incluso presencial de algunos acontecimientos, pero también oyente más bien crédulo de otros muchos. Hizo el esfuerzo probado por informarse y documentarse, pero hubo de depender de testimonios y crónicas más o menos discordantes sin seguridad posible ni en uno ni en otro caso de transmisión ya oral, ya escrita. No lo puso además muy fácil para verificaciones ulteriores. Optó por suprimir en el relato definitivo de la Breuissima nombres y apellidos especialmente, pues era a quienes más y mejor reconocía e individualizaba, de verdugos. Entre una primera versión manuscrita, de 1542, y la impresión, de 1552, Las Casas extremó el cuidado en la supresión completa de identidades junto a la sustitución sistemática, con algún descuido, de “cristianos” por “españoles” como identificación de los agentes de la destrucción, lo que dio a su vez mucho juego por supuesto a las imputaciones de las versiones foráneas contra la monarquía hispana. Con todo, quedan trazas suficientes para un reconocimiento de personajes, lo cual tampoco es que resuelva siempre la verificación de conductas ni, aún menos, su calificación en justicia[18].

En suma, salvo para intereses precisamente de partes como aquellos europeos que competían por esta península de Asia, como es Europa, y querían además participar de dominios ultramarinos, o que por otra causa se enfrentaban a la monarquía católica, la Breuissima no era una buena pieza de convicción en aquella querella sobre el título de derecho para una jurisdicción invasora en América, la hispana o, descalificándosele, otra, como la británica. ¿Concluye aquí, con tal fiasco, esta historia de justicia, de una justicia parece con todo que imposible tanto por la inexistencia de jurisdicción que no fuera de parte como por la consumación de hechos no siempre luego verificables?

Sería bien lastimoso pues el asunto no sólo es histórico, sino también precisamente judicial y además, en último término o, para la perspectiva al fin importante, la actual, realmente primero. Si la destruycion de las Indias fue efectiva, si algo de tal envergadura realmente aconteció, están entonces presentes sus efectos y secuelas, tal vez incluso su explotación y prosecución. Puede que no sólo exista el genocidio de la destruycion. Pero no nos precipitemos pegando un salto limpiamente sobre la historia hasta nuestros tiempos. Ya llegaremos al momento de hacerlo. Vayamos por pasos para que podamos trasladarnos y aproximarnos con el bagaje cargado y sucio de evidencias que no sean impertinentes ni tampoco ilusas.



[1] Ramón Hernández y Lorenzo Galmés (eds.), Tratados de 1552 impresos por Las Casas en Sevilla, vol. X de Paulino Castañeda (ed.), Obras Completas de Fray Bartolomé De Las Casas, edición preparada por la Fundación Instituto Bartolomé de Las Casas de los Dominicos de Andalucía, Madrid 1992, pp. 29-94 para el texto de la Breuissima en el contexto de la obra conservada de Las Casas, aun con aparato historiográfico bastante irregular, aparte de inservible para el escenario inmediato que estoy comenzando a trazar. La edición príncipe se tiene ahora a mano en internet, por donde citaré: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12638374211482277343791/p0000001.htm#1, que reproduce facsímile de Madrid 1977. Ya lo había de Buenos Aires 1924 y México 1966.

[2] Sobre la vertiente americana de la monarquía católica, la hispana, abundan obras, mas no conozco ninguna introducción satisfactoria por postcolonial, lo que es más que postimperial como espero que apreciemos. Si se me conminara a indicar alguna, hoy por hoy sería David A. Brading, Orbe Indiano. De la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867, México 1991 (original del mismo año).

[3] En la presentación de la edición citada por quienes también son dominicos, R. Hernández y L. Galmés, puede verse reflejada, respecto a cuestión de justicia, otra imagen de Las Casas, la convencional y anacrónica de defensor de derechos indígenas y humanos, en cuyo contraste aquí, por lo que no dejaré de explicar, no me adentro, aunque tampoco lo eluda desde luego. A L. Galmés se debe el título Bartolomé de Las Casas, defensor de los derechos humanos, Madrid 1982. Puede añadirse de entrada, entre una literatura abundante de este signo que sólo en parte y dosificadamente irá compareciendo, Mauricio Beuchot, Los fundamentos de los derechos humanos en Bartolomé de Las Casas, Barcelona 1994, con proemio de Silvio Zavala; y del propio Zavala, La defensa de los derechos del hombre en América Latina, siglos XVI-XVIII, México 1982, edición primera también en inglés, 1963, como publicación de la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Me ocupo aquí de historia (lo ocurrido) no de historiografía (lo figurado), lo cual, como también explicaré, tampoco es que excluya lo segundo, pues participa de lo primero.

[4] Sigo referencias traslaticias entre ediciones recientes sin revisión esto de mi parte, pues, a mi actual propósito, nos basta de entrada la expresividad de la secuencia de unos títulos. Por internet, entre otros materiales, se encuentran trasposiciones y traducciones más o menos completas de la Breuissima, inclusive la príncipe citada y también la serie de ilustraciones impresas por Theodore De Bry que desde la primera latina, Narratio Regionum Indicarum per Hispanos quodam Devastatarum Verissima, de 1598, han acompañado y enriquecido variadas ediciones: http://www.lehigh.edu/~ejg1/doc/lascasas/casas.htm.

[5] Como tal sigue arrastrándose la referencia entre ediciones y estudios, pero se trata de otro de los impresos sevillanos de 1552, el Tratado que el obispo de la ciudad Real de Chiapa don Fray Bartholome de las Casas o Casaus compuso, por comisión del Consejo Real delas Indias, sobre la materia de los indios que se han hecho en ellas esclauos. Dicha Ciudad Real es la actual San Cristóbal de Las Casas, en memoria suya. De la versión italiana, más concretamente veneciana, Il supplice schiavo indiano, hay ahora reprint (1993 de 1636). La libertà pretesa dal supplice schiavo indiano (1994 de 1640), de los mismos tórculos vénetos, vierte otro de los impresos sevillanos de 1552: Entre los remedios que don fray Bartolome delas casas (...) refirio por mandado del Emperador rey nuestro señor (...) para reformacion de las Indias, el octavo en orden es el siguiente, donde se asignan veynte razones por las quales prueua no deuerse dar los indios alos Españoles en encomienda, ni en feudo, ni en vassallaje, ni de otra manera alguna.

[6] Como muestras dispares que podrían fácilmente multiplicarse, Charles Gibson (ed.), The Black Legend: Anti-Spanish Attitudes in the Old World and the New, New York 1963; William S. Maltby, La leyenda negra en Inglaterra. Desarrollo del sentimiento antihispánico, 1558-1660, México 1982 (original, 1971); Ricardo García Cárcel, La leyenda negra. Historia y opinión, Madrid 1992; Santiago Sebastián, Iconografía del Indio Americano. Siglos XVI-XVII, Madrid 1992; Enrique Díaz Araujo, Las Casas, visto de costado. Crítica bibliográfica sobre la Leyenda Negra, Madrid 1995; Ricardo Fernández Retamar, Calibán. Contra la leyenda negra, Lleida 1995; Luciano Pereña, La leyenda negra a debate. Filosofía de las fuentes en la formación de América, Madrid 2001. No conozco nada parecido, ni siquiera su identificación como objeto monográfico, sobre leyenda rosa por blanca ni de ningún otro color que el negro de por sí sesgado.

[7] Gonzalo Pasamar, Historiografía e ideología en la postguerra española. La ruptura de la tradición liberal, Zaragoza 1991, pp. 152-163 y 328-338, pudiendo completar referencias más específicas Francisco Esteve, Historiografía Indiana, edición ampliada, Madrid 1992, pp. 83-103, particularmente nota final. Dicha postguerra española del siglo pasado, el XX, merece relativamente el nombre pues fue guerra prolongada en dictadura, la franquista, hasta la segunda mitad de los años setenta, fraguando una mentalidad no sólo historiográfica más persistente todavía. El mismo lanzamiento definitivo de la leyenda negra como tópico a ser develado se ubica en la España de los años cuarenta inmediatos a la guerra. Saldrán al paso pruebas de que su ominosa mentalidad aún pesa severamente en nuestro tema.

[8] La propia forma como quedó registrada acusa que no se miraba en absoluto a edición original, sino a versiones varias posteriores: “Casaus, o de la Case (D. Bartholomé). Su Lib. Historia, o brevísima Relacion de la distribucion de la India oriental; en todo idioma”, todo sic, inclusive “distribución” por destrucción, indicativo también de que la obra no andaba muy a mano. Contrástese la importancia interna para la monarquía católica que la historiografía suele conferirle. Cito por el Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar: para todos los Reynos y Señoríos del Católico Rey de las Españas, Madrid 1790, p. 47. En la desfiguración del título, más que del autor, que no llega a hacer irreconocible la obra, hay también contaminación (p. 141: “Indiae Orientalis Historia, la Historia Indiae Orientalis, ex variis Auctoribus collecta, et iuxta seriem topographicam Regnorum, Provinciarum et Insularum per Africae Asiaeque littora ad extremos usque Japonios deducta, editada por Gotthard Arthus, Colonia 1608, entre otras colecciones y excursiones similares que también se fueron prohibiendo, inclusive la principal, p. 133: “Histoire Philosophiq. et Polit. des Établissements et du Commerce des Européens dans les Deux Indes”, la obra bien identificada de Guillaume Thomas Raynal y colaboradores, Ginebra 1780, con prohibición diligente el año anterior ante las primeras versiones, Amsterdam 1770 y La Haya, 1774).

[9] Aun habiéndose incrementado las ediciones, como acrecido la literatura, con ocasión de los fastos y nefastos de 1992, entre leyendas negras y blancas, éstas no sólo de hábito dominico ni mucho menos (con lo que me permito decir que la reedición neutra sigue faltando y predecir, ya imposible, que lo seguirá) o, pues de todo hay, leyendas también arco iris, no conozco ningún estudio a conciencia de la tradición textual de la Breuissima, sus anexos y sus variantes. Un manuscrito previo a la estampación se conserva en archivo de la orden de los dominicos, fechado en 1542 con adiciones de 1546, habiendo algún otro anterior a la impresión con extraña atribución de autor, de copias todos estos escasísimas y sin circulación por entonces, como notablemente pobre fue también la difusión de la edición impresa de 1552, aun contando a su vez con alguna que otra copia manuscrita: Isacio Pérez Fernández, con revisión de Helen Rand Parish, Inventario documentado de los escritos de Fray Bartolomé de Las Casas, Bayamón 1981, pp. 319-320 y 332-334. Dicha edición, la príncipe, parece rara, lo cual, arrastrándose confusiones con la de 1646 por arrancarse sus páginas credenciales, ya para eliminarse registro de su motivación editorial contraria a la monarquía, ya posteriormente para ganancia del mercado anticuario, no cabe apreciarse bien mediante catálogos de bibliotecas (I. Pérez Fernández, Inventario documentado, pp. 334-337). El resultado acecha en los mejores depósitos para despiste de la mejor investigación: Biblioteca de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Sevilla, E/2A/30016, fichero antiguo (en internet la fecha de 1552 ya con interrogante, pero aún, mediados del 2002, no corregida por 1646). Esta edición de 1646 cuenta con reproducción viva en microficha, Valencia 2000; la de 1552, con edición en internet, como ya he citado. Y las versiones exteriores escasean realmente por el ámbito de la monarquía hispana. Para más adelante en estas páginas me reservo la consideración de una imposible reedición, otra más en apariencia, precisamente de 1992, de aquel año emblemático a su pesar. Será la Destrucción de Las Indias hoy.

[10] Delito enorme constituía calificación técnica para las mayores ofensas entonces concebibles entre las que no figuraba el genocidio con toda lógica dentro de un orden jurídico que consideraba la masturbación o la homosexualidad más graves que el asesinato y la tortura junto al religioso que adoraba la figura de un hombre crucificado y practicaba la antropofagia sacramental. Para una introducción vivaz que resulta válida también para el siglo XVI: Francisco Tomás y Valiente (dir.), Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Madrid 1990, sobre la base del Derecho penal de la Monarquía absoluta del mismo autor, ahora en sus Obras Completas, Madrid, 1997, vol. I, pp. 185-545.

[11] Sobre el trasfondo jurídico específicamente feudal y, derecho pontificio mediante, genéricamente canónico, Luis Weckmann, Constantino el Grande y Cristóbal Colón. Estudio de la supremacía papal sobre islas, 1091-1493, México 1992, primera edición de 1949 bajo el título de Las Bulas Alejandrinas de 1493 y la teoría política del papado medieval; Kenneth Pennington, Popes, Canonists, and Texts, 1150-1550, Aldershot 1993; James Muldoon, Canon Law, the Expansion of Europe, and World Order, Aldershot 1998, coleccionando trabajos propios los dos últimos.

[12] Respecto a ubicación de títulos de amor y otra comunicación por religión y política (la línea, para entendernos, relanzada, menos que fundada, por Francisco de Vitoria), los cuales suelen sacarse, con posterioridad y hoy, de contexto histórico y quicio jurídico completamente, puedo remitir a B. Clavero, Antidora. Antropología católica de la economía moderna, Milán 1991 (La grâce du don, París 1996).

[13] Para la resistencia prolongada del título pontificio, J. Muldoon, The Americas in the Spanish World Order: The Justification for Conquest in the Seventeenth Century, Filadelfia 1994. También conviene advertir que las noticias transmitidas por Las Casas sobre todo el debate de su tiempo no son ecuánimes ni fiables, sino desenfocadas y faltas de matices por el interés de sumar apoyos en bruto: Juan López de Palacios Rubios, De las Islas del Mar Océano, y Matías de Paz, Del Dominio de los Reyes de España sobre las Indias, México 1954, de entre 1512 y 1514 estos escritos, edición de Agustín Millares Carlo y estudio de S. Zavala, mostrando dicha concreta evidencia.

[14] Para una visión, aunque sumamente idealizada según es usual, del proyecto de Las Casas sobre el terreno bajo términos menos matizados de “teocracia”, Robert Wasserstrom, Clase y sociedad en el centro de Chiapas, México 1989 (original, 1983), pp. 29-45.

[15] Juan Francisco Baltar, Las Juntas de Gobierno en la Monarquía Hispánica (Siglos XVI-XVII), Madrid 1998, pp. 487-532, para una introducción a las Juntas de Indias con Bartolomé de Las Casas cabildeando de por medio y entre las exageraciones de la historiografía sobre su papel.

[16] Concluyéndose la impresión de la Breuissima relacion de la destruycion de las Indias¸ se procede por la misma imprenta a la de un anónimo Pedaço de una carta o relacion que escriuio cierto hombre añadiendo noticias de atrocidades como si la Breuissima necesitase con urgencia la adición, pues, aparte de que corriese también suelto, el Pedaço se incorpora cual estrambote a la propia edición príncipe exenta o también a los tratados de 1552 reunidos. Parece que hubo ejemplares de la primera, como hay ediciones, sin el Pedaço incorporado. Para una buena descripción de los impresos de 1552, no todos del mismo impresor, pero la mayoría, con la Breuissima y el pedaço, de Sebastián Trujillo: A. Millares Carlo, Real Academia de la Historia. Fondo San Román. Libros españoles y portugueses del siglo XVI, impresos en la península o fuera de ella, Madrid 1977, pp. 90-95.

[17] Han abundado y abundan veredictos sobre la Breuissima, sin formalidad de enjuciamiento y con irregular cotejo de crónicas usualmente sólo de parte hispana, de lo más variopintos, desde quienes la presentan como un hito en la propagación irresponsable de insidias hasta quienes la encarecen como un monumento a la defensa comprometida de derechos en línea tan pionera como la del periodismo de investigación. Las posiciones aparentemente más ecuánimes solapan y potencian sesgo al seguir sin atender a la otra parte real del pleito, no alguna europea, sino la indígena americana, como si no tuviera voz y Las Casas fuese quien se la prestara. Sirva el testimonio, por ilustrativo entre tales límites, de Juan Gil, Conquista y justicia. España y las Indias, en Fernando Vallespín (ed.), Historia de la Teoría Política, vol. II, Madrid 1990, pp. 394-442. Salvo la ironía de vuelta de este autor, J. Gil , tal perspectiva genéricamente europea o también euroamericana es la característica de ida de las mejores obras disponibles, así eminentemente, con tales limitaciones de rigor siempre, Lewis Hanke, La lucha por la justicia en la conquista de América, que data de 1949, esto tanto en castellano (Buenos Aires) como en inglés (Filadelfia, con título que adjetiva: The Spanish Struggle for Justice in the Conquest of America), siendo sin embargo, aun con la gloria hispana, objeto de hostilidad por la referida cultura de postguerra en España. La edición francesa optó para el título por un cambio de tercio: Colonisation et conscience chrétienne au XVIe siècle, París 1957. Se anuncia para este año, 2002, edición así vivísima en inglés.

[18] I. Pérez Fernández se ha ocupado calificando y descalificando a modo: Fray Bartolomé de Las Casas, Brevisima relacion de la destruicion de las Indias. Primera edición crítica. Texto inédito desconocido de 1542. Texto modificado y añadido de 1546. Texto remodificado y sobreañadido de 1552. Estudio crítico preliminar y edición con los nombres de los personajes aludidos, la identificación de los sucesos narrados, las fuentes de información utilizadas y muchas notas aclaratorias y críticas, Bayamón 2000. Y no se suponga que, para este máximo lascasista dominico, el maniqueo expiatorio sea el infiel o el protestante, pues resulta que lo es el franciscano. Las Casas contraataca a Motolonía, cuya agresión ahora veremos. Tampoco se piense que esto desentona en un medio tan enrarecido y autista como el del lascasismo y sus aledaños de profesión y confesión. La pasión de este editor le lleva a extremos como el de figurarse que la Breuissima se publicó con privilegio tras reconocer que se hizo sin licencia, cuando tal género de distinción no cabe en aquel momento. En todo caso, el Inventario documentado y la edición titulada tan por extenso constituyen hoy los instrumentos obligados de partida para el estudio de la obra de Las Casas. Mas siempre hay que andarse con cautela. Registra ediciones bilingües en Italia (mejor, en Venecia, pues la localización de época importa) durante la primera mitad del XVII por confundirse con los títulos trabajando sobre catálogos: Istoria e Brevissima Relatione della Distruttione dell’Indie Occidentali (…) conforme al suo vero Originale Spagnuolo già stampato in Siviglia, Venecia 1643, con prólogo: “Questa è la più tragica e la più horribile Istoria che da occhi umani, nella grande scene del mondo, fosse veduta giammai…”, he aquí la historia más trágica y terrorífica jamás contada.

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Bartolomé Clavero


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